Hablar del pueblo p’urhépecha como un conglomerado histórico que se ubica en parte de nuestro estado, es imprescindible hablar de la mujer indígena de su posición social y de su influencia en la comunidad. La mujer indígena nace con el estigma de ser una ciudadana de segundo nivel. Nace para servir a los hombres, empezando por cuidar a su familia y ubicarse en la cocina que es su espacio reducido en donde ella vivirá hasta que se case. Al casarse, únicamente cambia de espacio pues sigue siendo dependiente del hombre, exclusivamente a su servicio y con las mismas atribuciones de silencio de ubicarse en su nuevo espacio de la cocina y esperar con tranquilidad los hijos que dios le mande.

En esta marginación y soledad, han vivido las mujeres p’urhépecha por mucho tiempo. Para ellas no hay diseño propio ni creación de un futuro adecuado a las actuales necesidades de desarrollo y progreso. Las oportunidades son para los hombres que prepotentemente las ocupan y en la mayoría de los casos no con mucho éxito. Las leyes que rigen este comportamiento fueron escritas por manos invisibles que no se conocen escritas pero que se siguen al pie de la letra. La mujer depende del hombre y esa es su misión histórica.

A pesar de la enorme loza que aplasta las mujeres en las comunidades indígena, ellas siempre han dado un testimonio valiente en defensa de su pueblo y sobre todo respondiendo a las agresiones sociales de dentro y fuera de sus comunidades. Son las mujeres las que toman las carreteras en señal de protesta social. Son las que alimentan las guardias nocturnas de los hombres cuando las criticas y las protestas se hacen largas y tediosas. El caso actual de Cheran manifiesta la importancia de estas mujeres indígenas en las luchas por sus derechos indígenas.

Pero además de presentar estos rasgos valerosos y de mucho coraje, la mujer indígena es creadora y es propietaria de la educación de los niños que marca y siembra su identidad con el pueblo p’urhépecha. Los niños con gran amor reciben la primera educación, las primeras palabras en su idioma indígena y aprenden a rezar, a respetar la iglesia y las buenas costumbres. Pero al mismo tiempo las mujeres siembran la identidad con su pueblo y van aprendiendo lo que es vivir en una comunidad con una gran riqueza histórica y que refuerza su sentido comunitario y su espíritu indígena.

Gracias a esta dedicación y a esta valentía de las mujeres, que a pesar de las marginaciones y desprecios mantiene la identidad indígena a través del idioma y de los valores que dan el ejercicio de usos y costumbres.

Ahora que está muy cerca la celebración de las lenguas maternas, tenemos que hacer un alto y apoyar a las mujeres en su gran misión de conservar su idioma, mantener las costumbres tradicionales y demostrar que el pueblo p’urhépecha vive y se prolonga gracias a la tenacidad y al coraje de tantas mujeres que con sus manos cansadas y sus rostros arrugados por el hambre y el abandono no dejan de cumplir su visión de ser eje fundamental de un pueblo indígena que se niega a morir.

Enero del 2012 Equipo Uarhi

 

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